Arabesco pedagógico, por Unamuno


Libro de Kells



A D. C. L. E. 

―¡Qué afán de complicar y de dificultar las cosas! ―me dice usted. ―No, señor, no; no es eso. No es sino el deseo de presentarlas tales como son, o por lo menos, tales como yo las veo y comprendo. Y además, no he de negárselo, la necesidad de reaccionar en contra de una pedagogía perniciosa que se empeña en simplificarlas y facilitarlas indebidamente. 

Hay que andar, en efecto, con mucho cuidado en eso de poner las cosas, o mejor, las explicaciones de las cosas más simples y más fáciles de lo que son. La mejor explicación no es la más simple y la más fácil, sino la que mejor explica; es decir, la que de veras explica. 

Los escolásticos tenían un aforismo que decía que no hay que multiplicar los entes sin necesidad ―entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem―; pero no es tan fácil juzgar de esta necesidad, una necesidad lógica, claro está. Y a la larga resulta que para la persona docta las explicaciones al parecer más complicadas y difíciles son las más simples y más fáciles. 

Cuando usted oiga a algún maestro exclamar: “¡Esto es muy sencillo!”, desconfíe de lo que va a decir. El afán de simplificar las cosas suele llevar a deformarlas. 

Hay que proceder, no de lo más fácil a lo más difícil, sino de lo más conocido a lo menos conocido, y no suele siempre ser lo más conocido lo más fácil, si se pone uno a ahondarlo. 

Hay una cierta pedagogía que huye de las dificultades, huye del verdadero trabajo, huye de la austeridad. Parece que nos asusta enseñar a los niños todo lo duro, todo lo recio que es el trabajo. Y de ahí ha nacido lo de que aprendan jugando, que acaba siempre en que juegan a aprender. Y el maestro mismo que les enseña jugando, juega a enseñar. Y ni él en rigor enseña, ni ellos en rigor aprenden nada que lo valga. Y luego, no olvide usted que importa más lo que se ha de enseñar y aprender que el modo de aprenderlo. No hagamos de la Ciencia un mero medio para aplicar pedagogía. 

He visitado una escuela en que los niños aprendían una cosa que pretendía ser historia de España jugando a la rayuela. Les metían en la cabeza un casillero con nombres de romanos, cartagineses, visigodos, árabes, Casa de Trastamara, Casa de Austria, de Borbón, batalla de tal o cual, y debajo de eso no había nada vivo. Y es que su maestro se figuraba sin duda que el índice de un libro de historia es una historia abreviada. Tanto valdría quererles enseñar un extracto de un cuadro de Velázquez o de una sinfonía de Beethoven. 

¿Y usted cree que con eso de dividir a la clase de los niños en dos bandos, los unos españoles y los otros franceses, y que discutan sus respectivos valores, se hace más que una ridícula comedia? 

No; ni la vida ni el arte pueden ser juego ni tomarse como tal. Hay una cierta austeridad que debe aplicarse hasta al juego. Hasta la broma debe ser en cierto respecto seria. 

Claro está, señor mío, que lo que vengo diciéndole no implica que yo proscriba de la vida, del arte y de la enseñanza la amenidad. Muy lejos de eso, pretendo ser, a mi manera, un hombre ameno, de conversación y de enseñanza amenas. A pesar de lo cual jamás he logrado, gracias a Dios, cierta fama, porque aborrezco la frivolidad. 

Y no crea usted, puedo asegurárselo, que no es la amenidad, que no es la ligereza, que no es el gracejo entretenido lo que más tiempo encadena la atención del discípulo y lo que le lleva a este a cobrar afición a lo que se le enseña. De la amenidad y del gracejo tan sólo se cansa uno pronto. No hay hombre más insoportable a la larga que el chistoso profesional o el coleccionista de anécdotas. Una ardilla enjaulada, dando vueltas y revueltas, se nos hace más pesada que un elefante que camina paso a paso. 

Lo que más encadena a un discípulo a su maestro, lo que más le hace cobrar afición a lo que este le enseña, es sentir el calor de la pasión por la enseñanza, del heroico furor del magisterio. Cuando el que aprende siente que quien le enseña lo hace por algo más que por pasar el tiempo, por cobrar su emolumento o por lo que llamamos cumplir el deber y no suele pasar de hacer que se hace, entonces es cuando aquel se aficiona a lo que se le enseña. 

Y advierta, señor mío, que la pasión por la enseñanza no es la afición a la pedagogía como ciencia, del mismo modo que la pasión por la moralidad no es la afición a estudiar Ética. Una cierta persona pedagógica fue destinada a enseñar en una capital de provincia, sea Burgoprieto, y un insigne pensador central decía, refiriéndose a dicha pedagógica persona: “¿Qué va a hacer en Burgoprieto?...” Porque, en efecto, ¿qué puede hacerse en una capital de provincia? No hay en ellas suficientes rodrigones para las plantas trepadoras. ¡Oh, la Ciencia! ¡Oh, la Pedagogía! ¡Oh, la Ética! ¡Oh, Platón! ¡Oh, Kant! ¡Oh, la Kultura! 

Y el maestro que siente la pasión de enseñar, que no es sino la pasión de aprender; el heroico furor del magisterio, que no es sino el heroico furor de la disciplina o discipulina ―pues magisterio dice a maestro lo que disciplina a discípulo― ese nunca violenta la verdad para hacerla ni más simple ni más fácil de lo que es. 

Y de la misma manera, señor mío, engañan al pueblo los presuntos maestros de él, los demagogos, que le dicen que cuando se instruya y eduque y sea más culto y más inteligente vivirá con más facilidad, más comodidad y más abundancia. No, la cultura es más cara que la incultura. Para que un pueblo se haga más culto necesita trabajar más y gozar menos; aumentar su trabajo y aumentar los tributos. Hay que repetir la vieja sentencia: quien añade ciencia añade dolor. Ahora que vale más acaso ciencia con dolor que placer sin ella. Y hay, sobre todo, lo que Santa Teresa llamaba dolor sabroso. La sabrosidad del dolor es lo que enseña la verdadera sabiduría, que es ascética. 

Ni simplificar, pues, y facilitar las cosas fuera de verdad, ni menos engañar a nadie. Y uno de los más sutiles medios de engañar es calzarse las verdaderas dificultades, las hondas inquietudes, las irreductibles zozobras del espíritu. Y si usted quiere que reduzca esto a una fórmula, lo reduciré, diciéndole que lo que sobre todo hay que decir es lo que dicen que no debe decirse: lo “infando”. 

Lo infando, sí, señor mío, lo que no debe decirse, eso es lo que hay que decir. Hay que espiar las ocasiones de sacar a relucir aquellas reflexiones que dicen es de mala educación o de mal tono sacarlas en sociedad, lo que se llama por antonomasia en sociedad, y, sobre todo, después de comer. Hay ocasiones en que lo más oportuno es glosar en los postres de un banquete aquello de morir habemos. 

¿No conoce usted aquel canto nupcial de Leopardi en las bodas de su hermana Paolina? Ahí tiene usted un canto profundamente pedagógico, sincero y veraz. Leopardi no trató con él de engañar a su hermana, ni de simplificar y facilitar a sus ojos la vida que se le preparaba. 

Ahora, lo que hay que hacer es aceptar resignada y hasta alegremente la complicación y la dificultad del arte de la vida y de la vida misma, como hay que aceptar alegremente el castigo del trabajo. No del que inventamos nosotros y se nos antoja que es el que nos compete, y no suele pasar de ser un puro medio para medrar o para lucirnos, para alimentar, o nuestro estómago o nuestra vanidad, sino el otro. 

Y en resumidas cuentas, señor mío, dedíquese algo más a la enseñanza y algo menos a la pedagogía; y en cuanto a la ética, no olvide lo del Kempis: “Prefiero sentir la compunción a saber su definición”. No discutamos, como Sócrates, si la virtud es o no ciencia; cumplamos el deber inmediatos y estricto sin descuidarlo para definir el deber. Y en Burgoprieto, y en Burguillos de la Sierra, y en Navarredonda de Abajo, sin tener a Platón o a sus comentaristas a mano, se puede cumplir el deber que otro se encargará de definir sin cumplirlo. 

Miguel de Unamuno 
Los lunes de El imparcial, 
Madrid, 17 de noviembre de 1913

Y el desierto floreció, por Diego de Jesús

La imagen puede contener: dibujo

No siempre tuvieron alas, habrá pensado para Sí, mientras sigue con la mirada el paso rasante de una suerte de fláccido gusano alado que sobrevuela la inerte inmensidad. Hay un algo viscoso en esa oruga gigante de alas gelatinosas que las bate con frenesí mientras se arremolina sobre el Hombre sentado sobre piedra en la arena.
La inmensidad del desierto es escalofriante. Como un precipicio horizontal, abisma en vértigo su invertida profundidad. Su inerte monocromía no es una palabra serena y silenciosa sino un grito estridente, un gemido escalofriante ante la necrosis del orbe. El desierto es la sobreabundancia de vacío, la opulencia de lo vano, casi la apología de la nada. Hay abulia y desgano en cada uno de sus trazos. Lo pueblan mudos aullidos que insisten (con la fatigosa recurrencia de la arena) en ofrecerle una desgarradora gramática a la negatividad, al no-ser. El desierto es la ergástula sin muros.
Ni el cielo concede vestirse de un azul decente: más bien es de un desteñido celeste grisáceo. Y sobre ese apagado peltre aparece un dragón; alado también éste. A diferencia del gusano, su aspecto era más vertebrado, como un inmenso reptil de los aires. Sólo sus alas muestran cierta cosa más blanda, como húmeda y cartilaginosa, con membranas que van vinculando las falanges de sus alas. Su color es gris oscuro, salvo por algunos tonos más rosados en su abdomen. Su intenso aletear delata un peso descomunal que dificulta su vuelo, decididamente torpe y esforzado. Cruje como los fierros de una maquinaria desvencijada.
Es la hora del ocaso, aunque carezca por completo de la belleza con que suele revestirse el atardecer en el país de la vida. Más que penumbra lo que recubre el mortecino yermo es un agrisado velo, al punto que la dorada arena parece más bien un inmenso mar de tizne y ceniza.
La aterradora creatura, que cuenta con siete ojos espantosamente atentos, vuela en redondo también, con una inquietud feroz, como un carancho sobre el cadáver. Hay una monstruosa avidez en su múltiple mirar. Pero no se abalanza sobre la inerme figura de su supuesta presa, como si un poder invisible lo impidiera. Y en su desesperación sólo atina a vociferar fuego, que alumbra fugazmente el tenebroso escenario y le devuelve, por el instante del bramido, algo del oro perdido a la arena.
Más dragones van poblando de aullidos el tenebroso firmamento. De sus fauces salen, según la especie, bocanadas de fuego, de hielo o pestilentes vahos que cubren de hedionda fetidez el yermo.
El hombre de la arena, impertérrito, vuelve a pensar: no siempre tuvieron alas.
Pero no sólo el firmamento se ha ido poblando de alados reptiles, sino que de entre los peñascos del páramo asoman más y más monstruosos dragones, cual enormes comadrejas pero con piel de reptil. Y en medio de un escalofriante sisear, avanzan entrelazadas miríadas de serpientes en manada, hacia ese centro intocable, hacia ese gallardo hombre sentado en el vórtice mismo de la nada. Sentado en el centro del más atroz laberinto (el más perplejo, el más sutil), del que ningún hombre supo jamás escapar…
De la misma agrisada arena emergen incontables ejércitos de animalias desagradables: meticulosos arácnidos, roedores sarnosos, lagartos granulados con sus lenguas bífida y legiones de brillantes escorpiones con sus ostentosas tenazas. Se abren paso entre el polvo, al que fueron apegados desde la Caída. Castigados a comer polvo por Ése, ese hombre sentado sobre la piedra, en la arena, en el centro del Desierto universal.
En el desolado yermo no hay pájaros del cielo ni lirios del campo. No hay nada que asuma la alabanza, el cántico creatural. Sólo hay resistencia a la luz, resistencia a la vida, hechas forma y figura en los vestigios de la Bestia que hay en esta variedad de seres monstruosos y malignos que se refugian en estos rincones inertes del orbe, auténticas “zonas liberadas” que Dios le concedió a Satán para habitar.
El Señor los conoce. Y sabe bien que carecen de poder sobre Él. Ha ido al Desierto justamente para enfrentarlos. Para liberar la zona liberada. Para confrontar cara a cara. Y no a título personal, sino en orden a resolver el asunto humano. Cristo no se ha internado al desierto a modo de un “retiro”, para prepararse a su misión, como un deportista se concentra. Ni a preparar y repasar su Sermón de la montaña. Nada de eso le hace falta. Cristo se ha internado al desierto para domesticar el desierto. Para someter las huestes del Malo. Para ponerlos por escabel de sus pies. Cristo se ha internado en el desierto para recuperar el desierto.
Los escribas registraron cuarenta días y cuarenta noches. Lo cierto es que fue eso pero también fue una eternidad. Pues el Hombre de la arena era el Eterno. Por eso quien fuera hoy al desierto lo encontraría aún allí, plantado como una pica en Flandes, sentado sobre una piedra en la arena.
Y sobre el final de la Operación apareció Satán; la Bestia, el oscuro amo del Desierto. No hubo pulseada ni forcejeo ni lucha. Apareció Satán para hacer su penúltima oferta, buscando un arreglo.
Los dragones sobrevuelan con histeria el negro firmamento. Las serpientes han formado un círculo, un trenzado anillo de perversión. Y en su centro, Nuestro Señor, imperturbable, muy sentado sobre la piedra del arenal. Y Satán le camina en círculos alrededor, como un desquiciado moscardón, como un león enjaulado recorre en ocho su impotencia. Su nerviosismo hiperkinético, su discontinua verborrea, su géstica excéntrica, brutal, histriónica… contrasta abruptamente con el hidalgo señorío de Cristo, el aplomado y flamante Señor del Desierto.
No sólo no hay trato. El Señor ha instalado en el epicentro mismo del terreno enemigo sus tres anclajes, sus tres picas, sus tres bastiones: la Palabra, el santo Temor y la Adoración. Ya no hay vuelta atrás: el Desierto jamás volvería a ser el nido de demonios que fuera desde tiempo inmemorial hasta aquel atardecer. El imperturbable León de Judá, el Guerrero victorioso había plantado para siempre su dominio allí. Había cavado tres pozos que manarían aguas vivas para siempre. De ser la desolada nada poblada de histéricos aullidos ha pasado a ser el ámbito del Amor sereno, donde los amantes buscan “hablarse al corazón” como profetizara Oseas.
Satán se alejó esa noche vociferando amenazas de que volvería. Y tras él se replegaron todas sus tropas. Satán se aleja. Cristo permanece para siempre.
Sí, el Señor permaneció sentado, en la misma roca, con las manos sobre las rodillas.
Levanta apenas la cerviz como la gacela huele la lluvia.
Luego se inclina y toma un puñado de arena entre sus manos y lo deja caer silenciosamente. Y no lo dice ni tan siquiera lo piensa; pero sabe que acaba de modificar para siempre el Desierto.
Y fue entonces que llegó la aurora… y el desierto floreció. Admirables lirios vistieron los campos de arena; admirables pájaros cantores surcaron los cielos nuevos. Esa inerte vastedad antes poblada de gimientes demonios conoció al alba el dulce canto angélico; y los célicos Principados descendieron para servir a su Dios y Señor, sentado sobre la piedra, en el vasto yermo. El sol desperezándose devolvía, grano por grano, el oro a la arena. Y hubo agua, y viñedo, y sombra de cedros, y zorros y liebres. El yermo mudó en vergel, el árido baldío en Edén.
Esa aurora nacía el monacato. Un Hombre, tocando la arena con Palabra, Temor y Adoración, hacía brotar sus tres fontanas y así daba a luz el primer Éremo.
Del polvo vienes y al polvo volverás, había sentenciado Dios. Pero no al mismo polvo: procedes del polvo poblado de aullidos, y volverás al polvo dorado, al oro en polvo del desierto hecho paraíso de oración.
Diego de Jesús,
monje del Cristo Orante

O felix culpa, por Claudel - II

Natán amonesta a David y este dirige su mirada a Cristo; 
Betsabé con su hijo. Biblia de Maciejowski, c. 1250

La primera parte puede leerse en aquí.

“Todo eso es un mundo nuevo que aparece ante nuestros ojos por primera vez y para lo cual los primeros libros de la Biblia no habían hecho más que prepararnos el acceso. Por primera vez un rayo de luz penetra las profundidades (De profundis!) de la conciencia humana y revela en ella perspectivas desconocidas. Ha llegado realmente el momento de que hablaban en el día de la Falta las Personas de la Trinidad, en el que Adán se ha vuelto como uno de Nosotros, conociendo el bien y el mal. Una sabiduría ha nacido, dirá más tarde el profeta, de la que Theman y Canaán jamás tuvieron sospecha, ni tampoco todos esos inventores de fábulas, todos esos prácticos de la investigación y de la teoría intelectuales. Cuando leemos los libros hindúes nos quedamos sorprendidos en medio de todas sus falsas profundidades, al verificar una tan completa ausencia de la noción del pecado, es decir, del desorden que arrastra hasta las raíces mismas de nuestra existencia el desacuerdo de nuestra vida práctica con las imposiciones positivas y negativas de una verdad trascendente. Esos ninivitas no han cambiado en realidad desde los días de Jonás, y así no saben distinguir su derecha de su izquierda y el bien del mal. En efecto, ¿qué pecado puede haber cuando todos los seres y todas las cosas están sometidos a la ley inexorable del karma, de la Fatalidad? ¿Qué noción de una infracción cuando no hay mandamiento? ¿De una injusticia cuando no hay deber? ¿De daño causado a una persona cuando no hay persona? La moral budista, lo que se llama la moral budista, si se hace abstracción de las infiltraciones cristianas que ha experimentado probablemente, no es más que una receta de anonadamiento, el sentimiento de una comunión en la inutilidad, en la desdicha, en la condenación: una consolidación en la ignorancia y la negación de todo. Pero un mundo nuevo con el pecado de David y en el beso adúltero de Betsabé hace su aparición: el de la penitencia. Al hombre le está permitido ahora exclamar, casi triunfalmente: Confitebor adversum me injustitiam meam Domino. ¡No es poca cosa haber descubierto el bien y el mal! No es poca cosa haber descubierto ahora que en todo lo que se hace hay importancia y valor, y que ya no se está completamente solo, y que sobre todo lo que se hace vigila la atención de alguien que está atento y que comporta juicio y consecuencia. Los mandamientos del Sinaí, ya no los encuentro escritos fuera de mí sobre la piedra, es en mi corazón, como también un sentido nuevo en lo más íntimo de mi sensibilidad, en lo más secreto de mis comunicaciones. ¡Qué magnífico es ahora ser dos y procurarse por la resistencia del otro clara conciencia de sí mismo! ¡Qué magnífico es tener ahora la verdad a nuestra disposición, una caución y una referencia, alguien al que basta interrogar para que responda! Toda falta, todo error que cometo contribuye a una elucidación. Él no se ha ido, está ahí, Tibi soli peccavi, dice otro versículo del salmo L, en el que descubro entre los sollozos el mismo acento de alegría y de triunfo: et malum coram Te feci ut ―¡a fin de qué!― ut justificeris in sermonibus Tuis et vincas cum judicaris! ¡He hecho el mal delante Ti, sí, lo sé, únicamente con relación a Ti he hecho mal y si, al hacer el mal, sólo hubiese logrado procurarme un juez, ya sería para mí un beneficio inestimable, pero eso no es bastante y Tú has querido que yo me procure un padre!

Cuaresma: ¿tarea o regalo?, por Diego de Jesús

Imposición de las cenizas, Misal romano, s. XIV, Aviñón

El cristianismo sabe que en el centro de su propuesta se anuda una apretada paradoja: la personal exigencia por esforzarse en el bien y la no menos exigente tarea de dejarlo a Dios hacernos buenos. El “a Dios rogando y con el mazo dando” tiene por primer foco nuestro propio corazón y el arduo proyecto de tornarlo evangélico. 

Y aunque el dicho, con sus lubricados gerundios, nos habla de ensamble y armonía, lo cierto es que se nos va la vida buscando la “puesta a punto” de este motor de dos tiempos. Ante cada desafío emerge la perplejidad: ¿le apuesto a la Gracia o me arremango y arremeto a pulmón? ¿Le confío el asunto a Dios o me hago cargo yo? El simplista responderá sin pestañar: ¡las dos cosas a la vez! Y no yerra. Pero haciendo un poco de zoom, se ve que este “a la vez” admite una variopinta paleta de colores... Un antiguo aforismo jesuita aconseja moverse “como si todo dependiera de uno, sabiendo que todo depende de Dios”... Tampoco convence. 

Tal vez, sólo tengamos en claro evitar cordonear sobre los extremos de la pura pasividad o del cuentapropismo engreído y suficiente. Y solamos apostarle —como casi siempre que media la perplejidad— a que “el punto” esté a mitad de camino entre ambos extremos. Ante lo cual acotaría la indomable Simone Weil: no siempre la verdad equidista de extremos erróneos y arbitrarios; no es serio determinarla de este modo geométrico... 

Gracia divina y voluntad humana: ¿cómo se trenzan vuestras hebras para tejer la trama del hombre evangélico? 

Un modo en que solemos hilvanar este tapiz es haciéndonos a la idea de que el Año Litúrgico, en su vasto recorrido, nos promoviera, según el color de la estación, uno u otro ovillo. Es decir, que hubiera —diría Salomón— un tiempo para la gracia y un tiempo para el esfuerzo. O al menos (para no morder banquina), un tiempo para acentuar la Gracia y un tiempo en que acentuar la voluntad propia. Conforme a esta hoja de ruta, Navidad y Pascua lucirán como los tiempos óptimos del don divino: regalo del Dios humanado; regalo del Resucitado. Y a contrapunto: Adviento y Cuaresma, como tiempos de tarea, de esfuerzo y trabajo espiritual. 

Hoy, Miércoles de Ceniza, los católicos comenzamos un tiempo especial, dedicado a buscar con mayor fervor el camino de retorno, la vuelta al Evangelio. Un tiempo “de conversión”. 

Y ante este reto reflota la acuciante pregunta: ¿qué hilo enhebrar?, ¿quién transformará mis rencores en perdones, mis iras en mansedumbre, mis acritudes en dulzura? ¿Quién podrá transfigurar este tullido egoísmo en amor grácil? ¿Quién me quitará de la vista la paja del ojo ajeno? Y más adentro aún: ¿cómo se tornará vidrio cristalino mi empañada fe, florecerá mi esperanza, cobrará color mi anémica caridad? 

¡Esfuérzate! —susurra una seca voz interior—. Dios ya hizo su parte —insiste—; la ceniza en tu frente marca el inicio de tu tarea: toma tú la posta y corre la carrera que te toca. Dios mismo te arenga y desafía: “¡conviértete y cree en el Evangelio!” 

Soy dado a pensar que hay trampa en este instalado planteo. 

Un viejo aforismo dice que la sabiduría consiste en reconocer proporciones... Veamos. “El Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti”: y es cierto. Pero... 

Es que no se trata de una Sociedad donde ambos socios invierten capital en partes iguales. Aunque se avenga a no tomar decisiones sobre nuestro comportamiento sin el voto favorable de su socio menor, en esta asociación Dios es dueño del 99 % de las acciones. 

Así pues, no se da “la química” del fascinante misterio de la vida cristiana intercalando de a ratos o estaciones la gracia y el esfuerzo en parecidas proporciones. Ni alcanza con otorgarle a la Gracia una educada, lógica y piadosa “primacía”, por ser divina. 

Hay que partir de esta roca: el cristianismo es un regalo. Un indebido y desproporcionado regalo de Dios. Y nuestra “tarea” consiste en recibir, desenvolver, contemplar, agradecer y aprovechar el regalo. Un paquete de “tareas” que, aun distando tanto del heroísmo estoico, no logramos sacar a flote. 

Sí: la urdimbre cristiana se teje tramando los dorados hilos de la Gracia en Acción con las barrosas hebras de nuestra acción de gracias. Circularidad eucarística. Lo redondo y líquido del Amor correspondido. 

*** 

¡Conviértete! —clama el grito de guerra interior, sobre el pórtico de la Cuaresma. 

¡Conviérteme y me convertiré! —contesta el cristiano, doblando la apuesta, no en monto, sino en dirección. Y el Señor no menea la cabeza, como diciendo: uno les da la mano y le toman el brazo... No. Su Brazo poderoso asume gustoso el protagonismo de la Cuaresma. Yo, el Señor, lo digo y lo hago. Yo te convertiré al Evangelio. Si tú aceptas que Yo lo haga... 

La Iglesia, con solemnidad litúrgica, nos dice hoy sin ambages: conviértete y cree en el Evangelio. Y no sobrevolando la asamblea: en la cara, a cada uno. Es una escena estridente, impactante. Ella unge mi frente con ceniza, recordándome que no soy más que un puñado de polvo, que hoy digo “¡hosanna!” y al rato estoy vociferando “¡crucifícalo!”. Me lo enrostra sin anestesia: no sos nada. Y agrega: conviértete. 

Y cualquiera lo percibe: hay algo desmedido en la pretensión. Hay algo entre cruel y utópico. ¿No sería más sensata, más comedida, y más “madre” si con tono afable y misericorde nos animara con un “intenta convertirte; procura creer un poco más en el Evangelio”? 

Sería más sensato si esas palabras las dijera en nombre propio y por cuenta propia. Pero no. Ella tan sólo presta voz a la Palabra Omnipotente del Señor Jesús. Al mismo Señor que en el origen protagonizó aquel “y dijo Dios: que haya luz, y hubo luz”; al mismo que, nacido de María, dijo: Lázaro sal fuera; la niña no está muerta; o, ¡levántate y camina! Ese mismo Cristo, me mira a los ojos, me recuerda mi inerte nada y sopla sobre mis huesos secos Su hálito de Vida: ¡conviértete y cree en el Evangelio! 

Sí. Es Su Voz. Es la Voz del Señor sobre las aguas de mi vida diluida, bramando con el vigor de su divinidad, capaz de arrancar de cuajo los cedros antiquísimos de mi malicia. El mismo que puede decir sobre un mendrugo de pan “esto es mi Cuerpo”, ¿cómo no ha de poder inclinarse sobre mi miseria, tomarla y partirla, diciendo: “ora a tu Padre”, “ayuda a tu hermano”, “perdona, consuela, ama”, “vete y no peques más”, y dar con ello, mucho más que consignas y mandatos, una palabra creadora, viva y eficaz, que hace lo que dice. Fiat mihi secundum Verbum tuum... 

Y no sólo hoy. Durante toda la Cuaresma la Iglesia espiga de los evangelios los textos más intensos en que se nos anima a la conversión. El tiempo verbal suele estar en imperativo: haz esto, evita aquello. 

Mal entendido, se nos puede tornar un fatigoso camino recolectando piedras a cargar en la mochila de propósitos vanos, intentos fallidos, tareas pendientes... 

Bien entendido, podemos ante cada uno de estos Evangelios, abrir las puertas del corazón y dejar que esa Palabra Poderosa actúe. Haga lo que dice. 

En uno de esos pasajes magistrales del teatro de Claudel, se da este diálogo: 

— Es bueno dar gracias al Señor, dice el Salmo... 

— Lo dirá; pero la realidad va más allá: es bueno quien da gracias al Señor. 

Es que tal vez, como balbucea en un hilo de voz el moribundo cura rural de Bernanos, “¡Qué más da! Si al final, todo es gracia”. 

*** 

Con ambos brazos estirados, y un cerrado regalo nimbando entre las yemas de sus dedos, Dios nos extiende la Cuaresma, nos regala la conversión. Y con divinas ansias, anhela que, sin miedo ni desconfianza, sin traumada lectura ni retorcido análisis, con la simpleza y candor de un niño, lo aceptemos, desenvolvamos, agradezcamos y disfrutemos. Es el arte de la irresistencia. 

Es que, tal vez, la vida cristiana no trate de mucho más que de eso: de saber reaccionar ante un regalo... 

Diego de Jesús,
monje del Cristo Orante

El arte de provocar, por Diego de Jesús


Monasterio del Cristo Orante

Como nos va a deleitar visualmente Marcos durante todo este año, también hoy nos ofrece una imagen de un colorido majestuoso. Expresionista, valdría catalogarlo si fuera pintor. Todo reluce, todo abunda en detalles y en colores fuertes y vivos. Y en diálogos punzantes, filosos, casi guturales, intensos, primarios.
El leproso —no un enfermo cualquiera, no un apenas marginal, no un apenas en problemas; no, no: un necesitado en estado extremoso, terminal, desahuciado—, con toda su podredumbre colgando cual girones de su desliada existencia. Ese hombre: cayendo de rodillas ante el Señor. Corriendo hasta Él y cayendo de rodillas ante Él. Derribado, rendido a sus pies. Pongan “pausa” aquí y hagan rodar la escena varias veces. Y contrástenla con las macilentas “reuniones” litúrgicas de nuestros tiempos, de señores y señoras muy sentadas, muy cruzadas de piernas y de brazos o agarrándose el mentón… y vuelvan el foco al harapiento y andrajoso leproso derramando su hirsuta nada a los pies del Maestro. De rodillas, sí. Rodilla en tierra. (Comentaba Benedicto, lamentándose, que en nuestra liturgia actual se prevé que de la hora de la Misa el fiel esté arrodillado entre 3 y 4 minutos, no más…). 
Pero volvamos a nuestro sano leproso: sano, sí; sano en su antropología, en la clara dicción de su lenguaje físico, en la unidad y armonía de su gesto (sí, el deforme leproso, armonioso en su caligrafía corporal): se arrodilla ante el Maestro y lanza su flecha incendiaria al Corazón mismo de su destinatario: si quieres, puedes.
Nada de alambicados y suspirantes discursos sensibloides, ni macilentos razonamientos, hilvanando vidriosas premisas y conclusiones. Nada de todo eso: es un grito de un solo golpe. Acorde, no arpegio. Si quieres puedes.
Lo que hay detrás de esta saeta son siglos y siglos —para atrás y por delante de la escena— de una Humanidad cargando con una sórdida aporía que —formulada o no— carcome los cimientos mismos de esta engreída hechura con su Hacedor: el misterio del mal. Si Dios quiere pero no puede, no es omnipotente. Si Dios puede pero no quiere, no es bueno. Y el único tertium datur es que pueda y quiera y por tanto haga. Si no hace… ergo Deus non est.
El leproso le ahorra al divino Viandante todo este rodeo y clava su estocada de un solo lance: si quieres puedes, con la lepra expuesta entre manos.
Y el hidalgo Señor detiene bruscamente su andar. Ya no es la sirofenicia con su ingenioso y disimulado recurso a la orla del manto: este hebreo fue derecho al centro, “a la yugular”, al vórtice del Misterio redentor: si quieres puedes. Una provocación: eso. Una tremenda provocación al Logos de paso.
Si todos los interlocutores con que trata el Señor en los evangelios son maestros de oración —como insistimos tanto en esta Casa de Oración— el magisterio oracional de este leproso, la “escuela” que funda es la de la provocación. Ustedes cuando oren… provoquen.
Y el leproso provocó: Si quieres puedes.
¡Claro que quiero! ¡Claro que puedo!, reacciona con flameante brío el Señor de los Ejércitos. Y otra vez sintió interiormente lo mismo que con la sirofenicia: una fuerza (¿brutal?), una energía indómita, de vientos arrasadores, de aguas torrenciales, emergía desde su fondo-sin-fondo hasta el brocal de su Boca nazarena: una extraña violencia había en ese “claro que”, cercano al latigazo. Estaba derribando a patadas ya no las mesas de cambistas, sino los lustrosos escritorios de filósofos, teólogos y hermeneutas de guantes blancos. 
El orante leproso había logrado meter el dedo en la Llaga, en la divina Llaga de donde mana Sangre, Agua… y la Vindicación del Amor y el Poder de Dios. 
Y la fuente manó. 
Y el leproso se curó. 
Así como hubo un ladrón que con ingenio se robó el paraíso de un solo golpe de ganzúa… hubo un orante que supo bien donde “tocar el punto débil”: un maestro de la provocación, un maestro de oración que nos lega su “si quieres, puedes” para nuestras súplicas cotidianas.

Diego de Jesús,
monje del Cristo Orante

O felix culpa, por Claudel - I

Betsabé y David, Biblia de Maciejowski, c. 1250

¿Qué hará el hombre
si detrás de cada uno de sus deseos 
se esconde Dios?

André Gide

Hace unos días leí Partición de mediodía de Claudel, una obra de teatro maravillosa en la que el amor pecaminoso cede al Amor Divino. Cuatro personajes: una mujer, su marido, el amante por el que traiciona al marido y el amante por el que traiciona al amante. Ysé y Mesa son los protagonistas, cuya historia recuerda a la de David y Betsabé: adulterio, trama de la muerte del esposo, el hijo que fallece... y contrición. En la Introducción hay una cita muy bella del poeta que comparto en cuatro publicaciones por su extensión. Primera parte:

“¡Paz a ti, Betsabé! ¡Paz a esta mujer que ha modelado a David y que por fin ha obtenido de él esos gritos profundamente sepultados en el corazón del hombre y a los que el oído de Dios desde los días de la Falta estaba vanamente atento! La tristeza, la melancolía, la añoranza, la frustración, la humillación, la desesperación, el quebrantamiento de este personaje que después de graves errores repasa las causas y encara las consecuencias, todos esos sentimientos amargos y desgarradores arrastrados por las catástrofes del amor propio, el Paganismo los ha conocido y descripto abundantemente. Edipo, en presencia de sus crímenes, no encuentra otro recurso que el de arrancarse los ojos. Pero David no ha perdido los suyos: le sirven para llorar. Y ha encontrado su corazón. Hace un instante, en la cima de la Montaña de la Visión, en el sol de mediodía, se henchía a sus anchas por los ojos y por todos los sentidos de este mundo que al infinito para siempre Dios le había dado, pero una mujer ha venido a tomarlo por la mano, lo ha llevado a la casa de su madre, y le ha dado a beber una copa de ese vino compuesto cuya receta no se ha perdido. ¿Es que acaso la aventura de Dalila va a renovarse, y estas palabras han sido hechas finalmente para una boca de mujer: Inveni David servum meum? No, criatura, tú no eras capaz de encontrar a David. En el momento mismo en que creías poseerlo, él te pagaba únicamente un rescate ilusorio. David no es, en la cúspide de su más alta torre, ese poeta luminoso que creaba el mundo con un arpa entre los brazos. Es, sí, en lo más profundo del Lago, en las tinieblas asfixiantes, ese gusano retraído y pelado que se lame las lágrimas con la lengua. Y sólo entonces es cuando Dios, que como un escultor había enfrentado su obra con una mirada no exenta de duda, exclama: ‘¡Lo tengo, lo tengo por fin! ¡Por fin lo he obtenido a este David que Yo buscaba! Hele aquí reducido a sí mismo, en estado de sensibilidad con relación a todas las partes de sí mismo, desde el sótano hasta el lock-out. Así como al hombre sano ninguno de sus órganos esenciales le da un signo particular de su existencia, y en cambio la enfermedad hace que él se entere de su hígado y de sus intestinos y de su corazón, y cada uno le dirige un reclamo insaciable y lancinante, así nuestro ser moral, funcionando como puede en el cerco de un estado, digamos de paz negativa, que se parece muy a menudo a la somnolencia. Pero el pecado mortal viene de imprimir en nuestra alma, en nuestro ser entero, una sacudida profunda. San Pablo dice que vivimos y que estamos en Dios. Es pues en Dios en quien hemos pecado. Nos hemos servido de nuestra fuente, nos hemos servido de ese Dios, en cuya comunicación mantenemos a nuestro propio personaje, para levantar frente a Él, en la profanación y el incesto, un ídolo. Esto no se produce sin una perturbación enorme. Algo atroz le ha acontecido a nuestro pedúnculo. Madame de Sevigné le decía a su hija: ‘Me duele en vuestra garganta’. Al pecado le duele en Dios y yo desafío el ridículo de decir que por el pecado al buen Dios le duele en Adán. A uno como a otro se impone la realización de una relación personal. Uno se ha escondido y sobre los labios del otro ha llegado el momento de que el nombre propio estalle: Adam, ubi es? Apenas he pecado cuando ya me he procurado un juez que me observa atentamente. Me he reintegrado a lo primordial con relación a mi autor. Leo en Sus ojos lo que Le he hecho. Me leo hasta la raíz en la visión que de mí Él me procura al mirarme. Imperfectum meum, dice el salmo, viderunt oculi tui. ‘Tus ojos vieron mi imperfección.’ Este imperfectum, que es, para profunda mortificación mía, mi propia obra, sólo Tus ojos, al observarlo, eran capaces de revelármelo. Ecce veritatem dilexisti, dice el salmo L, que tan a menudo ha sido nuestro consuelo, incera et occulta sapientiae tuae manifestasti mihi. La lesión de un solo punto me revela todo un tejido que estaba, sin que yo lo supiese, dañado.

Ruth ante Boz

Ruth y Boz, Biblia de Maciejowski, c. 1250

Se postró Ruth, rostro en tierra, y dijo:
“¿De dónde a mí haber hallado gracia a tus ojos
y serte conocida yo, una mujer extraña?” 

                                                      Ruth II, 10